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¿Hay
manera de entenderse con un perro? Para muchos que lo han intentado
inclusive cinófilos de nombre, resulta inútil, la comprensión es puramente
casual o intuitiva y azarosa, pero falta lenguaje. El presidente de la
Asociación de Instructores Caninos -entidad única en Sudamérica y una de
las pocas en el mundo- consiguió "algo" y aquí dice cómo.
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Introducción |
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Un lugar
común, cuando alguien elogia la inteligencia de un perro, es que "sólo le
falta hablar". El cliché, poco inteligente, observa que "salvo el verbo...
tiene todo lo demás". Y sobre este "demás", empero reside el lenguaje y la
comunicación canina: La falta, la brutalidad tal vez sea nuestra.
El hombre mismo, al comunicarse, utiliza otros elementos - no verbales -
que condicionan y dan pautas de significación fundamentales para entender
el discurso. Las frases también se comprenden por las pausas intervocablos,
por los silencios, por las acentuaciones. El tono, los gestos faciales o
de las manos, la mirada, el mayor o menor diámetro de las pupilas, los
movimientos del cuerpo (la postura, los ritmos encadenados, el caminar o
el súbito estirarse), son tan o más expresivos que las palabras y, algunas
veces, denuncian la mentira del veraz orador.
El hombre tiene tendencia a usar modos de relación cada vez más sutiles.
En el vínculo social las manifestaciones de dominio no se rigen con un
lenguaje claro y "de definición entera"
(1). Quien domina legalmente utiliza
sutilezas idiomáticas, ralentados, pausas y gestos propiciantes del rasgo
jerárquico a conservar, "el mensaje consiste aquí en la recordación del
'imperio' y de la escala jerárquica del 'mensajero' del dominio"
(2). El
mostrarse corporalmente neutral y dar a conocer las argumentaciones con
demasiada claridad implicaría una confesión de autoritarismo. Funciona
entre hombres. Con el perro, este lenguaje de sutilezas, de códigos
producto de convenciones y sobreentendidos, de "mensajes dentro del
mensaje", conduce al total fracaso.
Entre los hombre, además de la eufemística, señas y estilos apoyan a la
palabra y ésta a la intención. Con los perros ocurre al revés: el tono y
la modalidad reafirman las señales; las manifestaciones morfológicas son
el argumento a entender, y el vocablo y su decir sólo acentúan la
expresión corporal donde el mensaje se imprime.
Para un perro, el acto - reforzado o no a través de la palabra- puede
conducir a situaciones y resoluciones jerárquicas, al dominio, a la
obediencia, al entendimiento. Son las señales no verbales emitidas por el
hombre, por el amo o el instructor, lo que hace comprensible la
comunicación o, a la inversa, lo que confunde e impide al perro responder
correctamente a una orden. Las palabras, incluso, podrían añadir "malos
entendidos".
Las voces humanas son - para el perro - sólo signos sonoros que, acaso,
asocia con una situación o una conducta a adoptar. Es la correspondencia
del mensaje audible y el no verbal, simultáneos, lo que asegura la
eficacia de la información transmitida por el hombre. |
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La excelencia del mando |
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El impartir una orden empleando un tono y una postura corporal poco firme
ante cualquier situación de conflicto con el perro, lo más probable es que
consiga su desobediencia, y más aún, que el animal desafíe al hombre
-gruñendo o mostrando los dientes- a fin de situarse en la jerarquía
cuestionada. Clásico ejemplo ocurre al ordenársele que abandone el sillón
favorito (tan favorito como lo es para su amo, no casualmente).
A menudo el desconocimiento lleva al amo a transmitir informaciones
incoherentes o en la única forma en que no debía. El desgañitarse llamando
a su perro, y sobre todo al que acostumbra a escapar, obtiene el efecto
contrario: el huidizo se aleja cada vez más, y no habrá nombre ni apodo
que sirva.
...Y, si el perro tarda en volver, en acudir al llamado, el amo se
impacienta, se crispa y su rostro señala ya el castigo que espera al
animal cuando regrese. Ahí está una de las razones -quizá la más
importante en ese momento- para mantener la distancia, alejarse o
esconderse. El perro ha entendido, sin embargo, ¡y cómo!; recibió las
mínimas señales corpóreas, reforzadas por los decibeles y, al comprender
la información -no hay dudas-, escapa lo más lejos posible. Lo correcto
hubiera sido... convertirse en algo más atrayente que el entorno
"tentador"; entorno lo suficiente interesante como para desobedecer y
arriesgar un castigo. Sé de una persona que, cansada de llamar inútilmente
y correr tras su "gracioso" siberian husky, se hizo la muerta; en el acto
el perro se detuvo, intrigado, aproximándose y acabó la persecución
infructuosa.
Sin llegar a invenciones tan humillantes y necrofilicas, aquella mujer
estaba en lo correcto: logró comunicarse y obtuvo lo deseado.
Además de estos canales existen adaptaciones traductivas entre las
especies, un idioma gestual ideado a partir de la convivencia.
Verbigracia: en los perros que viven en muy estrecha comunidad con el
hombre, se nota cómo presentan las almohadillas de sus patas para obtener
comida o alimento. Equivalente en el hombre a estirar el brazo con la
palma hacia arriba (humano gesto universal demandante). Igualmente, el
hombre aprende que agachándose y golpeando con sus manos en ambas
pantorrillas (como los canes descienden su tronco) es una invitación al
juego; invitación irresistible en idioma perruno.
Y el juego, siempre, como la alegría, es una de las claves del mando. |
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Otras formas, las formas del decir |
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Los olores, aún
entre nosotros, son comunicativos. Determinado olor nos alerta (sustancias
corrosivas, podridas -de peligrosa ingestión-, el humo de un posible incendio,
presencia de roedores o animales agresivos), y otros nos proporcionan placer,
tal los perfumes, los "efluvios evanescentes" de unas parrillas, la tierra en
verano luego de la lluvia.
A nivel olfativo sabemos que el hombre emite feromonas captables por los perros.
Las sociedades caninas respetan y se rigen según esos olores: signos
jerárquicos, de edad, de sexo, de predisposición amorosa, de temor, de valentía,
de pugna. Habría que estudiar si las comunicaciones mediante feromonas y otros
olores pueden permitir un entendimiento -susceptible de ser manejado- entre
perros y hombres, como sucede en la jauría y constituye uno de los idiomas
intercaninos.
Debería aprovecharse también que hombres y perros tienden, naturalmente, a
modificar la organización de sus distintas posturas para, así, aproximarlas -en
formas y funciones- a la especie con la cual conviven. Y aquí nos referimos a la
posible comunicación electromagnética por verticalidad y horizontalidad de
columnas vertebrales (tema que merece tratarse en artículo propio), pues resulta
sugestiva la actitud del perro en uno de los momentos de mayor comunicación, el
saludo al encontrarse con el amo, donde salta e intenta mantenerse vertical, a
la manera humana, signo de afirmación del Yo según algunos ethólogos.
Una necesidad vital, propia de los animales sociales obligatorios, como
son los caninos, consiste en intercambiar informaciones entre los perros,
fundamentalmente a fin de mantener la seguridad y la cohesión de la jauría.
Resulta de Perogrullo el requerir de un emisor y un receptor en toda
comunicación; y que, para captar correctamente el mensaje, ha de ser transmitido
con vectores de expresión legibles por el destinatario (sus órganos sensoriales
y una cultura decodificadora donde el significante sea intrínseco a la
señal utilizada, pues no hay idioma sin convención e instrumentos de
perspectiva).
A cada uno de los sentidos sensoriales corresponde un canal de comunicación e,
incluso, según parece, una zona del cerebro, aunque no exclusiva y susceptible
de trasladarse en caso de accidente o enfermedad irreversible
(3),
como si hubiera localizaciones de alternativa que pudiesen habilitarse para
impedir el aislamiento social. Los perros, corrientemente, emplean tres canales:
el visual, el auditivo y el olfativo. Y, a veces, asociados o reforzándose unos
con otros, en pos de eficacia emisora y receptiva.
Empero, dichos canales poseen autonomía absoluta y propios signos y sistemas
transmisores. |
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El conducto visual |
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Se trata de un
canal sumamente complejo, por la diversidad de informaciones a transmitir y por
su capacidad de modificarse y adaptarse a la comunicación con otras especies,
incluido el hombre, tuviese o no conciencia del método y de los significados de
los mensajes que le envían o él manda mediante gestos sutiles, posturas,
actitud, mirada y tensiones morfológicas.
El perro, pues, registra mínimos movimientos faciales, apertura o cierre de la
pupila del ojo, velocidad de desplazamiento, posiciones del cuerpo o de las
manos, latidos y sus correspondencias pectorales respiratorias, vibración, etc.
El ángulo de las orejas, erguidas o hacia atrás, bajas o hacia adelante o la
retracción de labios, exponiendo u ocultando colmillos, o el abrir y cerrar
alternativamente los orificios nasales, o si alza o esconde la cola, etc., son
señas de conducta, de jerarquía, de desafío o subordinación, tan claras como
entendibles y cuyo empleo, en las jaurías, ahorra sangre al ritualizar los
enfrentamientos caninos, la manifestación evidente del status, las
prebendas del líder, el sexo, la edad y, en suma, el destino del grupo y su
interés y orden comunitario. Y no solamente cuando la provocación; también
durante la lucha o para indicar las rendiciones y conseguir clemencia.
A casi todas las situaciones vitales y de comunicación entre los perros
corresponde un ritual, una coreografía resumen de signos y posturas, que permite
a los protagonistas interpretar las reacciones, la aptitud, el potencial (fuerza
e inteligencia) y hasta salud, los pactos tribales y los "argumentos" del otro. |
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La audición |
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Los mensajes que
pasan por este canal son emitidos vocalmente. La recepción depende del sistema
auditivo, como es lógico, pero también de sensoriales próximas al tacto que en
el perro se localizan en las almohadillas plantares, pecho, extremo superio-anterior
de las escápulas y cruz (hombros y punto de unión entre el cuello y el tronco),
vientre y aledaños, actúa como auxiliar del oído.
El sistema se asocia, además,
con los rituales de postura; por ejemplo, en situaciones de amenaza o miedo, el
gruñido consiguiente, que se agudiza -ante temores más graves o dolor- en gañitar de queja o, dulcificado, un gañido, para expresar lo agradable, la
disposición al juego y, a veces, al saludo al de mayor jerarquía. Combinaciones
de estos sonidos y esquemas corporales se dan en los mensajes internos -de orden
y conductas- que ocurren en la jauría y, principalmente, durante la caza
comunitaria (4). El ladrido, propio del alerta y el advertir
territorio ocupado, varía en intensidad y duración según el significante;
verbigracia, uno largo y de idénticos decibeles, anuncia "hombre desconocido,
transitando y cerca" (50 a 75 metros), luego se convierte en gruñir y ladrar
"bufado" si el hombre se detiene o aproxima "desafiante". |
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El olfato |
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Respecto a
este canal, salvo admitirse unánimemente la gran importancia de la
percepción olfativa en las comunicaciones de los caninos, se sabe muy
poco.
Hay dos tipos de mensajes quimiotransmisores utilizados por el perro y que
a veces se combinan: las sustancias de síntesis propia, y las tomadas del
ambiente, incluyendo emisiones de fenómenos (fuego, agua, electricidad) y
hedores de otros animales, plantas y componentes del aire, la topografía y
hasta la presión biotópica.
Varias zonas del cuerpo del perro estarían implicadas en la síntesis de
efluvios vaporoides que han de servir en la comunicación: piel, glándulas
sebáceas, almohadillas plantares y, en especial, las glándulas adyacentes
al ano; estas últimas, sistemáticamente husmeadas en los encuentros
caninos, desempeñarían un papel clave en el reconocimiento individual,
algo así como una cédula de identidad olfativa que contuviese el "nombre",
pertenencia (de zona o manada), rango jerárquico y rol -actualizados-,
sexo e incluso algunas enfermedades, virtudes y edad del "portador".
Ciertas infecciones, pues, consiguen modificar la composición química de
los efluvios epianales y, confundiendo al husmeador, ser el desencadenante
de sangrientas batallas entre perros que convivían armoniosamente (el olor
fue el motivo, podría decirse).
De igual modo, la orina también informará -mediante las feromonas y el
consiguiente perfume- datos sobre la especie, sexo, jerarquía y
receptividad sexual del emisor. En realidad, los orines no son marcadores
territoriales -como muchos han creído-, porque una señalización de orina
nunca prohíbe el paso a otro, sino que demanda una respuesta. De ahí que
"cuánto más lejos de su territorio habitual se encuentre un perro, cuanto
mayor sea el número de sus congéneres enemigos potenciales -divisados y
olfateados-, más retraído será su comportamiento en cuanto a dejar esa
marca, menor la cantidad de orina y la intensidad de olores
(5).
La mucosa de los genitales también emite efluvios feromónicos. Estos
actúan de por sí o asociados a mensajes visuales; por ejemplo, al orinar,
levantar la pata más alto posible en demostración de dominancia y
jerarquía.
Del ambiente, el perro utiliza efluxiones o sustancias de olores
"nítidos", tal el estiércol -de otra especie-, carroña, carbones y orina.
Siempre busca impregnarse la base del cuello, por detrás de las orejas y
el sector de la grupa: llamativamente, zonas husmeadas por sus congéneres
en los encuentros (aparte del reconocimiento anal). Acaso, al revolcarse
sobre excrementos o putrefacción, al aumentar su olor propio y natural, o
al variarlo y reforzarle con otros olores, falsee la jerarquía, obtenga un
perfume "líder" y se haga interesante...
Al parecer, además existiría una comunicación electromagnética, por
posiciones alineadas de las columnas vertebrales, generando un circuito.
La horizontalidad de las vértebras establecería el espíritu de grupo, la
unión de vectores-transmisores, la gestalt y, modificaciones de esa línea,
las verticales o rampantes de los cuerpos correspondientes a conductas
individuales y personalidad, irrupciones de comunicación del circuito
psíquico-social y eléctrico-emotivo (6). |
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Artículo
publicado en PUNTO CRÍTICO, Nº 28, julio y agosto de 1994 |
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Bibliografía |
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1) Michel Foucalt,
Ensayos sobre las frases de dominio, 1971;
2) Marshall Mc Luhan, El lenguaje como mensaje, 1967.
3) Erbert Burke, 1979;
4) Vitus Dröscher, 1981;
5) Patrick Pageat, 1992;
6) Enrique César Lerena de la Serna, 1987, teoría en proceso de
experimentación. |
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