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EL CORREO

 

Bilbao / Bizkaia
Isabel Urrutia
10.05.2005

Una perra callejera salva la vida de un bebé abandonado en las afueras de Nairobi al adoptarlo
   
   
Lloraba, tenía hambre y asomaba la cabecita por el agujero de una bolsa de plástico. Apenas dos días de vida y su único futuro era la muerte. Le habían abandonado nada más nacer en las inmediaciones de un barrio humilde, en los extrarradios de Nairobi, la capital keniana. Pero sus llantos alertaron a una madre que corrió en su ayuda, agarró los bordes del envoltorio ensangrentado, cruzó con el corazón desbocado una carretera atestada de tráfico, atravesó una verja recubierta de pinchos y, finalmente, la puso a salvo en la guarida donde dormían sus hijos. Y allí, esa perra vagabunda cuidó al bebé como uno más, una cría de hombre entre un montón de cachorros que lamieron con entusiasmo a la recién llegada y le dieron calor.

Poco duró la convivencia. El sábado -24 horas después del rescate- , el dueño del recinto donde tiene su hogar la camada descubrió a la hija adoptada. Sin perder tiempo, se la llevó al Hospital Nacional de Kenia. «Cada día, recibimos criaturas victimas de malos tratos o desatención», explicó ayer Hannah Gakuo, portavoz del establecimiento clínico de la capital africana. En los últimos años, su número se ha incrementado como consecuencia de la extrema pobreza, la precariedad de la seguridad social y un ordenamiento jurídico que no castiga con contundencia el abandono de la prole. No son pocos los bebés que son arrojados vivos a los pozos sépticos para librarse de ellos.

En medio de este panorama desolador, una pequeña de tres kilos y medio se recupera entre las sábanas blancas, rodeada de cariño y kilos de pañales. «Desde que salió en los medios de comunicación, no nos han dejado de enviar cosas para ella», cuenta el personal sanitario, que no disimula su alegría ante la rápida recuperación de la paciente. «Todavía precisa de antibióticos, pero está estable y se porta muy bien».

Atrás queda el horror de esos dos días sola, con el cordón umbilical rebosante de gusanos y las alimañas del bosque rondando por los alrededores. Hoy es un bebé con nombre -las enfermeras le han puesto Ángel-, y está a la espera de que alguien la reclame. Es una niña afortunada: encontró a una madre cuando más la necesitaba. Ahora hace falta que llegue una mujer capaz de tomar el relevo.