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Poco duró la convivencia. El sábado -24 horas después del rescate- , el dueño del recinto donde tiene su hogar la camada descubrió a la hija adoptada. Sin perder tiempo, se la llevó al Hospital Nacional de Kenia. «Cada día, recibimos criaturas victimas de malos tratos o desatención», explicó ayer Hannah Gakuo, portavoz del establecimiento clínico de la capital africana. En los últimos años, su número se ha incrementado como consecuencia de la extrema pobreza, la precariedad de la seguridad social y un ordenamiento jurídico que no castiga con contundencia el abandono de la prole. No son pocos los bebés que son arrojados vivos a los pozos sépticos para librarse de ellos. En medio de este panorama desolador, una pequeña de tres kilos y medio se recupera entre las sábanas blancas, rodeada de cariño y kilos de pañales. «Desde que salió en los medios de comunicación, no nos han dejado de enviar cosas para ella», cuenta el personal sanitario, que no disimula su alegría ante la rápida recuperación de la paciente. «Todavía precisa de antibióticos, pero está estable y se porta muy bien». Atrás queda el horror de esos dos días sola, con el cordón umbilical rebosante de gusanos y las alimañas del bosque rondando por los alrededores. Hoy es un bebé con nombre -las enfermeras le han puesto Ángel-, y está a la espera de que alguien la reclame. Es una niña afortunada: encontró a una madre cuando más la necesitaba. Ahora hace falta que llegue una mujer capaz de tomar el relevo. |
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